Los entrenadores siempre te dicen que des el cien por ciento en cada partido, que lo dejes todo en la cancha, y como si hubiera sido una orden de los dirigentes o del comandante de una tropa, la seguí al pie de la letra. Dejé todo en el campo, mi carrera, mis ilusiones, mis deseos y casi la vida. Sin imaginar las consecuencias de mi acción, sin querer que eso pasara, simplemente di todo por el equipo y lo hice por última vez.

Después de tomar varios vuelos Volaris para llegar al otro lado del mundo y disputar un torneo internacional que de ganarlo nos dejaría buenas ganancias, fue el último que disputé con mi equipo antes de sufrir el accidente. Ganamos los primeros tres partidos contra equipos de Japón, Turquía y uno de Italia para así avanzar a la Semifinal, donde nos topamos con un cuadro inglés, que nos costó demasiado trabajo y tuvimos que derrotarlos en penales para llegar a la gran Final.

En el último encuentro nos enfrentamos contra un combinado africano, compuesto por jugadores amateurs de distintos equipos de su continente, habían goleado a todos los que se enfrentaron y estaban invictos, todos sus partidos con victorias. Pero nosotros también, sólo que la diferencia es que nosotros tuvimos un empate en el duelo anterior; sin embargo, no teníamos miedo y sabíamos que podíamos ganar la copa. El duelo inició muy parejo, quizá con un poco más llegadas de los rivales pero que no lograban terminar, gracias a la defensa comandada por el capitán y yo a su lado. El marcador seguía cero a cero y los ánimos en la cancha se iban calentando por la desesperación y frustración de que ninguno podía hacerse presente en el marcador.

Ya en el segundo tiempo, un contragolpe veloz de los africanos nos dejó dos contra uno, que era yo, y sólo detrás mi arquero. Uno de los volantes me llevó por velocidad, quedó solo frente al portero y le bombeó el esférico, yo seguí el camino con la máxima velocidad que aún me quedaba y me aventé una palomita para desviar el esférico, pero mi cabeza se estrelló contra el poste, un golpe certero al centro de mi cráneo. Los postes se estremecieron, me levante con dolor de cabeza y a los cinco segundos me desvanecí.

Lo que sigue que recuerdo es despertarme en el hospital, el doctor me dijo que tuvieron que ponerme en coma pues mi cerebro se estaba inflamando, por lo que estuve dormido por una semana. Yo lo único que quería saber era si habíamos ganado, lo que el entrenador me confirmó, se habían impuesto 1-0 en tiempo extra. Pero el haber salvado ese gol con la cabeza y no con el pie me costó no volver a la canchas, pues los médicos dijeron que mi cráneo había sufrido una pequeña fractura y con un golpe fuerte, mi cerebro podría volver a inflamarse o la fractura podría convertirse en una expuesta. Así que no más balonazos, las consecuencias de mi decisión fueron el título a mi equipo y una vida lejos de los terrenos de juego.